Punta Cana - República Dominicana

Texto y fotografías - Alícia Bea

“En 1996, un oficinista español de clase media se empeñó en demostrar al resto del país que podía pasar una semana de vacaciones en el Caribe sin que su bolsillo se resintiera en exceso. El afable protagonista de esta campaña publicitaria era Curro y sus andanzas al otro lado del charco pusieron al alcance de muchos el sueño de despertar en una paradisíaca isla tropical. La fórmula: un combinado de vuelos y estancia en magníficos complejos a pie de playa, en régimen de todo incluido y a precios muy asequibles. Una década más tarde y en eterna competencia con Cancún, Jamaica y Cuba, Punta Cana, en el extremo oriental de la República Dominicana, se mantiene como uno de los destinos estrella de los españoles en el Caribe.

 

 

 

“Una bella isla paradisíaca con altas montañas boscosas y grandes valles y ríos”, así describió Cristóbal Colón a la República Dominicana en su diario, tras descubrirla el 5 de diciembre de 1492 durante su primer viaje al Nuevo Mundo. Y así la taína “Quisqueya” pasó a convertirse en “La Española”, una isla que en la actualidad la República Dominicana comparte con Haití, y a la que nos dirigimos con la maleta cargada de sueños, expectativas por cumplir e imágenes de catálogo.

Así, tras nueve horas de vuelo que aprovechamos, guía en mano, para conocer un poco más la tierra que pronto pisaremos, aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Punta Cana. Nuestro destino es la costa este del país y nombres como Playa Bávaro, El Cortecito, Cabeza de Toro, Macao o Cabo Engaño retumban en nuestra cabeza como preludio de lo que nos espera en la zona de Punta Cana, en ese famoso rincón caribeño de playas de finísima arena blanca bañadas por un mar transparente y cálido.

El conductor que nos viene a buscar es Salvador, todo un veterano en el arte de recoger a los agotados viajeros que llegan de Europa. Es él quien, con su charla animada y su potente voz, nos explica que la abundancia de palmeras “cana” es lo que ha dado el nombre a esta región. Una palmera chata, pequeña, que no puede competir con los altos y espigados cocoteros que bordean la playa, pero cuyas enormes hojas se utilizan para recubrir los techos de todas las construcciones, ya sean tradicionales cabañas de pescadores, humildes viviendas del interior o los más modernos complejos hoteleros.

Salvador también nos cuenta que Punta Cana, a pesar de ser el principal motor turístico de la República Dominicana, es una zona de reciente desarrollo ya que pasó de ser un lugar casi desconocido a principios de los años 70 a convertirse en uno de los destinos estrella del Caribe en apenas treinta años. La fórmula: una competitiva oferta de magníficos resorts a pie de playa en régimen de todo incluido en los que todo está pensado por y para el viajero. A uno de ellos nos dirigimos para empezar nuestra aventura caribeña.

Espacios para el disfrute
Tras el conocido ritual del anillado de la pulserita, que nos abrirá las puertas a todas las instalaciones del hotel, llegamos a nuestra habitación. A los pocos minutos aparece Mario con las maletas y nos insta a bajar a la playa inmediatamente: hoy es la gran barbacoa nocturna y si no nos damos prisa no llegaremos a tiempo.

Y así, tras un rápido cambio de vestuario, nos vemos cenando con los pies en la arena y tratando de vislumbrar en la oscuridad de la noche la tan soñada playa. Como era de esperar, el cansancio acaba por tumbarnos y decidimos regresar a la habitación. ¡Qué lejos queda Madrid!

Apenas amanece vemos cumplido uno de nuestros sueños. Allí está la playa y ni el mejor de los expertos en Photoshop podría mejorarla: un mar azul verdoso sencillamente indescriptible, una arena que cual harina se escurre entre nuestros pies, un entramado de palmeras cocoteras que recortan un cielo claro y despejado… Madrugar ha sido buena idea. La playa está casi desierta salvo por la presencia de un puñado de empleados que alinean en silencio las tumbonas.

Tras el desayuno, el resort despierta a un nuevo día. Por megafonía Juan Luis Guerra nos pone las pilas. En la piscina empieza una clase de aquagym, en los jardines clases de bachata, en la playa torneo de voleivol, clases de catamarán y de pintura nativa. Decidimos dejar todo esto para más adelante y dedicarnos al dolce fare niente.

el paraíso tiene nombre
Isla Saona


Son las 7 de la mañana, estamos en la recepción del hotel y a duras penas podemos mantener los ojos abiertos. La fiesta en la playa de la noche anterior se alargó más de la cuenta porque nadie pudo resistirse al último traguito de Vitamina R, que es como los dominicanos llaman al ron.

Pero ahora toca madrugar. Hemos contratado la que nos aseguran es la excursión más vendida en la República Dominicana: la visita a la Isla Saona. 160 € por persona. ¿Valdrá la pena?

Dos horas de recorrido en autobús entre plantaciones de caña de azúcar y café, salpicadas por humildes poblaciones, nos llevan hasta la provincia de La Romana, mundialmente conocida por la Casa de Campo, un complejo de ocio y recreo para millonarios al que acuden fielmente ‘celebrities’ como Julio Iglesias, Oscar de La Renta, Bill Clinton, Shakira o Sharon Stone. Allí nos espera nuestro catamarán, “el encargado de llevarnos hasta el paraíso”, comenta nuestro guía.

Tras una relajante travesía por un Caribe manso y cálido, y abrazados por el ritmo de una bachata (género musical que va ganando terreno al clásico merengue), nuestra embarcación se detiene a 400 metros de la costa. Estamos en el banco de arena más grande de la zona, una piscina natural de poco más de un metro de profundidad, en la que habitan muchas especies marinas. Es aquí, entre aguas increíblemente cristalinas, donde podemos experimentar por primera vez el tacto rugoso y duro de una estrella de mar.

Regresamos al barco y Manuel nos recibe con una bandeja de canapés y unos chupitos. Este dominicano, de tez mulata y barriguita de bon vivant, es, sin duda, el alma de la tripulación. Una de sus frases favoritas: “Venga, señorita, que siempre es buen momento para tomar un roncito”. El turismo es su vida y disfruta como un enano entreteniendo a los turistas. Y aunque su día a día es una rutina sin apenas sorpresas (agasajar a los visitantes, entretenerles enseñándoles a mover los pies al son del merengue, servir el marisco a la hora de la comida, etc.), no lo cambiaría por nada. De hecho, un amigo de Higüey le ha ofrecido el triple de su sueldo actual por estar al frente de su tienda de souvenirs. Pero “de eso nada, aquí vivo como un rey, me río mucho con los turistas y no soportaría estar encerrado en una tienda todo el día. Esto es el Caribe y hay que disfrutarlo mientras el cuerpo aguante”.

Mientras charlamos con él, notamos que el barco se para de nuevo. En un abrir y cerrar de ojos, la cubierta del catamarán se ha llenado de gafas de buceo, aletas y snorkels. Por fin vamos a descubrir la riqueza de los fondos marinos de la zona, una fauna y una flora marina que discurre entre magníficos arrecifes de coral.

La primera en volver al barco es Maite, una guapísima valenciana de 21 años que conocimos en el avión. Su cara tiene la misma expresión que la del resto del grupo. Radiante. Feliz. Como para la mayoría, esta es la primera vez que practica el buceo de superficie y sencillamente está alucinada. “Aunque me han dicho que hay enclaves mejores que éste para ver peces tropicales y corales, para mí ha sido increíble. Al principio me daba mucho miedo por si rozaba algún coral pero luego me he relajado y ha sido fantástico. Ya veremos cómo salen las fotos con esta cámara submarina”.

De repente, la música ambiental cesa y todo el grupo vuelve su mirada al horizonte para atisbar los primeros trazos de Isla Saona. La estampa es soberbia y nos deja sin habla: un entramado de palmeras que se retuercen formando un tupido bosque de cocoteros a los pies de kilométricas playas solitarias de finísima arena blanca. El color del agua recorre todas las posibilidades del azul, aquí más claro, allá más turquesa…

Aprovechando el silencio reinante, el capitán del catamarán da un golpe de efecto y nos empieza a relatar la llegada de Cristóbal Colón a esta tierra. Fue el 14 de septiembre del 1494, durante su segundo viaje, y la nombró Bella Savonesa en honor al savonés Michelle de Cunneo, el primero en darse cuenta que se trataba de una isla independiente de la entonces ya nombrada La Española. Para los indígenas taínos, acostumbrados a llamarla Adamanay, el nuevo nombre resultaba muy difícil de pronunciar por lo que con el tiempo pasó a denominarse definitivamente Isla Saona.

También nos cuenta cómo el famoso cacique Cotubanamá, orgulloso jefe indígena de esta región, se refugió sin éxito en una de las numerosas cuevas de esta isla huyendo del las matanzas protagonizadas por los conquistadores españoles.

Así, entre pinceladas históricas que no hacen sino aumentar la emoción del momento, arribamos a la isla de mayor extensión del país. Estamos dentro del Parque Nacional del Este dispuestos a descubrir porqué ha sido elegida una de las Ocho Islas de Ensueño del Caribe por la prestigiosa revista Caribbean Travel & Life Magazine.

Gracias a un guiño del azar, la inmensa playa que discurre bajo nuestros pies está vacía, a excepción de un par de lugareños que nos ofrecen agua de coco. Instintivamente, el grupo se disuelve para colonizar un pedazo de arena blanca como el azúcar y disfrutar en solitario del espectacular entorno que nos rodea.

Más tarde, tras una buena comida y sintiéndonos ya parte del paisaje, recorremos el poblado de Mano Juan, una pintoresca localidad de pescadores acostumbrados a ver interrumpida su tranquila vida con la llegada de los turistas.

Con la puesta de sol, llega el momento de regresar a nuestra embarcación. Atrás queda una larga jornada llena de experiencias inolvidables, de imágenes paradisíacas que conservaremos en nuestras retinas porque hemos comprobado que el paraíso en la tierra existe y se llama Isla Saona. ¿Valió la pena? Definitivamente, sí.

el auténtico espíritu dominicano
Tierra adentro

Quedarse en los complejos turísticos, entre baños de sol, partidas de golf y actividades náuticas, es lo más fácil. El camino directo a unos días de relax sin preocupaciones ni estrés en los que disfrutar del lado más amable y convencional de la República Dominicana. Pero es sólo tierra adentro, más allá de las playas y los magníficos resorts, donde el viajero puede compartir el día a día dominicano y conocer, realmente, la tierra que pisa.

Tratando de captar esta imagen, partimos hacia el interior para recorrer la provincia de La Altagracia, una tierra habitada originariamente por los indios taínos, que nos permite acercarnos al mundo del tabaco dominicano, de la caña de azúcar y de las plantaciones de café. Allí, en una de las humildes haciendas que se cruzan a nuestro paso, conocemos a Nicolás. A sus 71 años, está al frente de una pequeña finca que mantiene gracias a las visitas de los turistas. “Los que no se quedan dormitando en la playa y se acercan al interior vuelven encantados. Aquí les explicamos cómo nos ganamos la vida, nuestras costumbres, de donde viene el cacao, cómo se cultiva la caña de azúcar, cómo liar tabaco y cómo se prepara una auténtica mamajuana”.



Tras saborear una típica comida dominicana con nuestro anfitrión (habichuelas rojas, arroz, sancocho, casava y mangú), seguimos ruta. En el camino encontramos grupos de colegialas uniformadas que regresan a casa, pequeñas tiendas de artesanía, palmerales, ríos y valles, niños que nos saludan desde cualquier rincón y pueblos prefabricados en los que la pobreza extrema no se esconde. Son los bateyes, poblaciones de trabajadores agrícolas que se sitúan alrededor de las plantaciones de caña de azúcar. Barracones y casuchas de madera en los que malviven las comunidades más pobres del país y los llegados de la vecina Haití en busca de una vida mejor. Los mismos que al regresar del duro tajo divisan a los lejos las ricas mansiones de los poderosos y miran absortos los autocares cargados de turistas.

Así, mecidos por un baile incesante de sensaciones enfrentadas, aromas y colores, llegamos a Salvaleón de Higüey, capital de la provincia de La Altagracia. También conocida simplemente como Higüey, sus más de 150.000 habitantes la convierten en la ciudad más grande de la zona, en un hervidero humano que trabaja en su mayoría en los cercanos complejos hoteleros de Punta Cana o en el comercio de productos turísticos.

Para los creyentes Higüey tiene un significado muy especial ya que aquí se alza el Santuario de la Milagrosa Virgen de la Altagracia, patrona del pueblo dominicano. La romería del que se conoce como el primer santuario de América tiene lugar el 21 de enero y congrega a millares de devotos que si es necesario recorren toda la isla para rendirle culto a su virgen, representada en una pintura al óleo del siglo XVI. El impresionante edificio, construido sobre un antiguo santuario, es obra de los franceses Dunover de Segonazc y Dupré y fue inaugurado en 1971.

Si preguntamos a los lugareños sobre el origen de este culto, nos cuentan que seguramente proviene de un pueblo de Badajoz llamado Siruela que también tiene a la Altagracia como patrona y una ermita dedicada a ella. Otro dato que apunta a esta población extremeña es que Nicolás de Ovando, nombrado Gobernador de las Indias en el año 1502, era de esa zona.

Cae la noche y tras comprobar que el país tiene más páginas que leer de las que salen en los folletos, es hora de regresar al hotel, al primer mundo de lujo y confort que hemos comprado a golpe de tarjeta de crédito. Allí nos espera de nuevo un traguito de vitamina R, unos pasos de merengue y un pedazo de la sensualidad que emana de la naturaleza caribeña.

Tenía razón Curro. Punta Cana tiene algo que te envuelve, que hace que pienses en este paraíso constantemente y que eches de menos sus gentes y la manera contagiosa con la que transmiten su gusto por disfrutar de la vida.

Nos hemos dejado muchas cosas en el tintero pero si una cosa tenemos clara es que aún nos queda mucha República Dominicana por descubrir.

Guía Práctica
Punta Cana

REPÚBLICA DOMINICANA en datos
Situación: La República Dominicana está situada en el Mar Caribe, entre Jamaica (al oeste) y Puerto Rico (al este), y ocupa dos tercios de la isla La Hispaniola, la cual comparte con la República de Haití. Dentro de las Antillas Mayores, es el segundo país más grande después de Cuba.

Superficie: 48,442 Km²

Población: 8.562.541 habitantes (censo 2002)

Capital: Santo Domingo. Fundada en 1498, es la ciudad más antigua del Continente Americano y ha sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

Gobierno: Democracia representativa, gobernado por un Presidente y un Congreso formado por el Senado y la Cámara de Diputados.

Religión: La religión católica es la principal en el país, pero la Constitución consagra la libertad de cultos.

CÓMO LLEGAR
La fórmula vuelo+hotel es la opción más solicitada y cómoda para viajar a Punta Cana. Consulta las webs de las principales agencias españolas para encontrar la oferta que más se adecue a tus necesidades. Eso sí, asegúrate que tu vuelo aterrice en el Aeropuerto Internacional de Punta Cana y no en Las Américas (Santo Domingo) o al vuelo deberás sumarle cuatro horas más de autocar hasta llegar a tu destino.

DOCUMENTACIÓN
Pasaporte en vigor. A la llegada hay que comprar una "Tarjeta de Turista" que sólo se puede pagar en dólares (US $10,00). No olvidar guardar otros 20 dólares para la tasa de salida.

IDIOMAS
El idioma oficial es el español.

CLIMA
La República Dominicana disfruta de un cálido clima tropical durante todo el año. Las temperaturas promedio anuales fluctúan entre 25° y 30°C. La temporada más fresca es de noviembre a abril y la más cálida de mayo a octubre.

DIFERENCIA HORARIA
Seis horas menos que en España.

ELECTRICIDAD
La corriente eléctrica general es de 110 voltios y, aunque en la mayoría de hoteles es de 220, no está de más llevar un transformador para evitar sorpresas. Los enchufes son de tipo americano.

AGUA
Si bien el agua corriente es potable, es recomendable beber siempre agua embotellada como medida de precaución.

MONEDA Y SEGURIDAD
Aunque el peso dominicano es la moneda oficial, el dólar y el euro son aceptados en la mayoría de establecimientos turísticos. Casi todos los hoteles, restaurantes y comercios aceptan tarjetas de crédito y existen numerosas Casas de Cambio. Eso sí, evita cambiar dinero en los casinos del hotel porque aplican unas comisiones muy altas. Por otra parte, debe saber que te encuentras en uno de los países más seguros de América Latina y que el índice de delincuencia que se registra hacia los turistas es prácticamente nulo. Además, existe una tupida red de policía turística de paisano que vela por tu seguridad.

CÓMO MOVERSE
Existen empresas de taxis privados disponibles las 24 horas. Muy pocos tienen taxímetro por lo que hay que pactar y cerrar un precio antes de iniciar la marcha. Otra opción posible, además del transporte público (guaguas o motoconchos), es alquilar un coche ya que la mayoría de compañías internacionales cuentan con oficinas de alquiler de vehículos.

EN LA MALETA
Dado el clima cálido del país, la ropa fresca (algodón y lino) no puede faltar en tu maleta. Llévate también algún traje si piensas salir por la noche ya que los dominicanos se arreglan mucho para salir y así se exige en los sitios elegantes. No olvides tampoco los clásicos: gafas de sol, gorra o sombrero, una crema de protección solar alta, repelente de mosquitos y algún antidiarreico que impida que una diarrea te amargue el viaje. Aunque las farmacias suelen estar bien surtidas, no te arriesgues y llévate un botiquín básico.

COMPRAS
Son una tentación por su variedad, calidad y precio. Debes saber que aquí funciona la fórmula del regateo. Entre los clásicos se encuentran las coloristas pinturas que encontrarás por todas partes, el ámbar- considerada la joya nacional y que te deberán regalar para que funcione su energía positiva-, el larimar (gema semipreciosa exclusiva de la República Dominicana), los puros, el ron y todo tipo de trabajos en artesanía: cerámicas, maderas, cuero, cestería, etc. Capítulo aparte merece la “Mama Juana”, una bebida típica afro-antillana que nos presentan como ‘la viagra dominicana’.


DÓNDE DORMIR
Aunque la calidad de todos los resorts de la zona es muy buena, entre nuestros favoritos se encuentran:
Catalonia Bávaro Beach, Golf & Casino Resort***** www.hoteles-catalonia.com
Majestic Colonial Punta Cana***** www.majesticcolonial.com
Barceló Bávaro Beach**** www.barcelo.com

DÓNDE COMER
Si de lo que se trata es de comer una buena langosta en la misma orilla del mar, sin duda, nuestra recomendación es La Langosta del Caribe (El Cortecito. Entre La Marina y Blue Sky). El entorno es paradisíaco y la relación calidad/ precio muy buena. De hecho, tienen una tarifa especial para aquellos que reservan desde su web. Además, no tienes que preocuparte por el transporte ya que Nacho y su equipo te recogen y te traen de vuelta a la playa del hotel en el que te alojes. www.restaurantebavaro.com

Otra opción en la misma zona de El Cortecito es el famoso Capitán Cook, pero es más caro y está más masificado que La Langosta del Caribe.

Más Información:

www.dominicana.com.do

Texto y fotografías - Alícia Bea
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